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TESOROS DE ESPIRITUALIDAD
Para los Católicos de hoy
 
Autor: Claudio De Castro
CUANDO CONFIAS EN DIOS
 
CUANDO CONFIAS EN DIOS
CUANDO CONFIAS EN DIOS
Hace un año tomé una decisión que cambiaría mi vida.

“Confiaré en Dios”, me dije, “a pesar de todo”. “Creeré en sus Promesas”.

Dios sabe cómo mostrarnos sus caminos, casi siempre inesperados. Te va llamando poco a poco, llenándote de regalos, mostrándote su Misericordia.

Vives de la gracia, para después vivir de la fe.

Tantas veces me pasó que no supe reconocer su presencia Amorosa. Y ahora que lo medito, lo descubro hasta en las cosas más pequeñas, lo cotidiano, lo que pasa desapercibido.

Dios nos llama para que volvamos la mirada al cielo. Para que anhelemos la eternidad.

Vivo nuevas experiencias, que antes ni imaginé. Y me lleno de emoción cuando pienso en el buen Dios, nuestro Padre.

Llevo un año escribiendo mis vivencias con el buen Dios y las de muchos que las comparten conmigo ilusionados por este gran descubrimiento: “Dios es nuestro Padre y nos ama inmensamente”.

Publico mis libros en los que comparto estas vivencias maravillosas.

Y el buen Dios me ha permitido dedicarme a Él y a mi familia de lleno. Es sorprendente. Nada me ha faltado.

Descubro la Providencia de formas sorprendentes. Esto es un tesoro. Y me digo: “¿Cómo no lo descubrí antes?” Entre el mundo y Dios, elijo a Dios. Entre lo temporal y lo eterno, elijo la eternidad.

Hace poco necesitaba una suma elevada para publicar varios de nuestros libros. No contaba con el dinero y se me ocurrió contarle este problema a Jesús Sacramentado. Le hablé con la naturalidad que se la habla a un amigo, porque es mi mejor amigo.

“Mira Jesús que ya terminé los libros, y necesito hacer un abono a la imprenta. No tengo el dinero. Si deseas que los publique, por favor, ayúdame a conseguir esta suma”.

Dos días después recibí un mail de la editorial Paulinas en Brasil. Deseaban publicar uno de mis libros, “Setenta veces siete, el Camino del Perdón”, traducido al portugués . “Tenemos un problema para enviarle los derechos de autor poco a poco”, me explicaron, “por los impuestos locales. Si usted acepta, mañana le enviamos la suma completa de sus derechos de autor”.

¡Era la cantidad exacta que le pedí a Jesús!

Por supuesto, acepté. Al día siguiente recibí el dinero y aboné los libros.

Dios consiente a sus hijos y en ocasiones no hay que pedirle. Él sabe de antemano lo que necesitamos.

Recuerdo siempre con emoción la vez que salí del trabajo y me encontré con que los estudiantes habían cerrado las calles, protestando por el alto costo de la vida. No podría llegar a mi casa para el almuerzo. “Cuánto me gustaría una comida casera”, pensé. Y conduje hasta un lugar donde venden emparedados. En el camino vi a una monjita franciscana esperando un taxi. Como tenía su convento detrás del lugar donde trabajaba me ofrecí a llevarla y aceptó gustosa. Me preguntó cómo iba todo y le conté las peripecias de ese medio día.

“¿Y por qué no viene al convento y almuerza con nosotras?” me propuso amablemente.
“¿Es en serio?”, pregunté sorprendido.
“¡Por supuesto!”, exclamó ella sonriendo.

Y allí estaba yo, disfrutando una deliciosa comida casera, rodeado por esas dulces monjitas. ¡Justo lo que deseé!


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